Columnistas | Panorama ProvincialSábado, 7 Diciembre, 2013 - 08:15

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Malos modales

 Por Gabriel Kaminszczik (*)

No quisiéramos decir aquello que solía cantar Serrat de que “entre esos tipos y yo hay algo personal”, pero sinceramente y luego de la jornada caliente que sufrimos los catamarqueños, uno tiene una sensación parecida a la canción.
Es que ver la postal de una Casa de Gobierno tomada y una plaza colmada por aquellos que nos tienen que cuidar, uniformados, con las motos, los móviles, los chalecos y las armas que nosotros los ciudadanos les damos para que nos cuiden, causa estupor.
Ahí estaban los policías y los carros de los bomberos, todos armados hasta los dientes. Dentro de Casa de Gobierno, Corpacci y su gabinete, de rehenes.
Pero no solo los funcionarios quedaron en esta condición, sino que los rehenes fuimos todos.
Los comerciantes cerraron sus negocios. La gente se metió en sus casas. El miedo por la desprotección que sufrimos los catamarqueños nos paralizó. Muchas madres aterrorizadas huían a esconderse con sus hijos.
Nos escondemos de los policías. ¿Qué actitud deberíamos tomar con los delincuentes de todo tenor que gozan y se aprovechan en una jornada que todos sufrimos?
Nosotros no discutimos si los reclamos salariales corresponden. Seguramente que sí. Comprendemos al policía, a su mujer y a sus hijos. No se puede vivir con 4 mil pesos y encima pedirles que arriesguen la vida.
Pero no coincidimos para nada con la metodología. Ellos eligieron esa profesión y nosotros confiamos en ellos para que lleven el uniforme y las armas. El pueblo arma a la policía, para no vivir en el Far West donde todos tengamos que ir con el revólver en la cintura.
Es por eso que el policía no puede y no debe reclamar haciendo uso de la fuerza. Muchachos, hay que buscar otras formas.
Entre los asombrados peregrinos que llegaban para honrar a nuestra Virgen del Valle, se escuchaban las sirenas de los patrulleros y la de los bomberos. Los peregrinos huían, creyendo que se habían metido en una procesión que no era la suya.
Es que no es nuestra procesión, la de los ciudadanos de Catamarca la que se hace con las armas en la mano.
Nosotros somos defensores de la paz, creyentes y democráticos.
Parecían barra-bravas, con bombos, bocinas y todo el cotillón, en medio de fusiles y ametralladoras.
Uno creía que eran motoqueros corriendo picadas, los que llegaban haciendo zigzag entre la multitud, a la que se sumaban curiosos, periodistas, vendedores de estampitas, chicos y toda la flora y fauna que se nos pueda ocurrir.
La Casa de Gobierno realmente estaba tomada. En el hall de entrada y en las escaleras no entraba un alfiler. Peor que en un River-Boca.
La puerta de costado, la que da por calle República, también clausurada con uniformados. Nadie entra. Nadie sale.
El problema, estimada familia policial, es que en el fondo ustedes seguro tienen la razón, pero en las formas, están metiendo la pata.
Diálogo y más diálogo. No hay otra forma. O al menos, no lo hay para ustedes que eligieron ser policías, nadie los obligó. Y si no les gusta, y si no se sienten recompensados y creen que sus vidas se están frustrando, devuelvan los uniformes y las armas a quien se las dio, y a trabajar de otra cosa.
Otros, con vocación de servicio, seguramente los reemplazarán.
Son malos modales. Los maestros pueden hacerlo, los médicos, los empleados de cualquier organización, los sindicatos. Ustedes no.
Queremos una sociedad organizada y segura, con policías que nos protejan. Queremos un Gobierno fuerte que tenga claro cuál es el rumbo y que no acepte las “apretadas”.
Si esto no ocurre, entramos en una espiral de difícil resolución.
En estos momentos, y mientras terminamos de escribir esta nota, hay vidrieras que estallan y comercios que son desvalijados. Uno entra en la confusión de ya no comprender quién es quién.
Catamarca está triste. Catamarca ha sido herida. No sirve. No corresponde. Así, no.

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