SociedadMartes, 20 Diciembre, 2016 - 23:40

Una desgarradora historia de abuso sexual sacude al fútbol inglés

Por KATRIN BENNHOLD 

"Como los curas, los entrenadores tienen acceso fácil a los niños y a la confianza de los padres."

MARTON, Inglaterra — Andrew Woodward creció con un balón de fútbol entre sus pies. Su habitación, en una urbanización de clase obrera, estaba llena de pósteres de jugadores famosos y su cabeza, de sueños de convertirse en defensor de la selección inglesa. Cuando tenía 9 años, marcó un gol de media cancha en un partido de la escuela y corrió todo el campo hasta los brazos de su padre, quien comentó que era “el papá más orgulloso del mundo”.

Dos años después, Barry Bennell, un reclutador reconocido en el mundo del fútbol y entrenador de juveniles al norte de Inglaterra, observó a Woodward. Era septiembre de 1984 y Bennell les dijo a los padres de Woodward que podía entrenar a su hijo hasta convertirlo en un jugador profesional. ¿Le permitirían entrenar en el Crewe Alexandra, un club profesional, y quedarse con él los fines de semana para mejorar sus habilidades?

Resultó ser el comienzo de un calvario de cuatro años de abuso sexual… y tampoco resultó ser el único.
Después de los escándalos en los orfanatorios, en la Iglesia católica, en la policía y en la industria del entretenimiento, el fútbol es la última institución británica que enfrenta alegatos de explotación sexual infantil a gran escala.

Hace dos años, el Chelsea —uno de los clubes más ricos del mundo— pagó 50.000 libras (casi 63.000 dólares) al exjugador Gary Johnson. El acuerdo le impedía hacer públicas sus acusaciones de abuso sexual a manos de un exentrenador de fuerzas básicas del Chelsea.

Hace unas semanas, Woodward, quien eventualmente sería defensa del Crewe Alexandra, se convirtió en el primer jugador profesional de fútbol en hacer públicas sus acusaciones de abuso. Desde ese momento, al menos otros veinte exjugadores lo han hecho y muchos más han contactado a la policía en privado. En una línea de ayuda se han recibido más de mil llamadas. Al menos 20 cuerpos de policía en toda Gran Bretaña han abierto investigaciones a 83 sospechosos en casos que involucran cerca de 350 posibles víctimas y 98 clubes de fútbol, desde el nivel amateur hasta la Liga Premier.

Barry Bennell en una corte en Jacksonville, Florida, en 1995. Cumplió una sentencia de prisión por violar a un niño de 13 años en un campamento de fútbol. 

En palabras de Greg Clarke, presidente de la Football Association, el organismo en funciones que supervisa gran parte del fútbol en Inglaterra, es una “de las crisis más graves” en la historia del deporte, la cual ha marcado permanentemente a Woodward y a muchos otros que han sufrido a manos de entrenadores y funcionarios.

En una entrevista reciente, Woodward recordó que en un principio le parecía demasiado maravilloso que tuviera la oportunidad de convertirse en jugador profesional. Bennell podía hacer girar el balón sobre el dedo, dominarlo con los hombros y dejarlo sobre el cuello antes de recibirlo con el talón. “Como un mago”, indicó Woodward. La casa del entrenador, una cabaña aislada a las orillas del Peak District, ubicado en el centro de Inglaterra, parecía el sueño de cualquier muchacho. Había una mesa de billar y una rocola, y tenía un mono que se sentaba en el hombro de Woodward a comer pepinos. Woodward señaló que la televisión era la más grande que había visto.

La primera vez que Woodward se quedó a dormir, Bennell le regaló un par de tenis de fútbol. La segunda, le pidió que fuera a la cama con él a jugar un juego que llamaba “sígueme”, en el cual se turnaban para tocarse, según lo ordenaba Bennell.

La tercera ocasión empezaron las violaciones y siguieron durante cuatro años: en una litera, con otro niño acostado en la parte de arriba; en un auto, camino a un entrenamiento; en hostales para jóvenes, durante torneos; y, en ocasiones, en la casa de Woodward, después de que Bennell cenara con la familia.

Cuando Woodward se resistía, Bennell no lo alineaba el siguiente partido y lo hacía sentarse en la banca. “Puedo arruinar tu carrera mañana”, le decía, y también le advertía: “Cállate o estás acabado”.

Woodward guardó silencio hasta 1998, cuando la policía tocó su puerta y le dijo que Bennell enfrentaba cargos por abuso sexual. Woodward fue testigo anónimo en un caso en el cual Bennell, ahora de 62 años, fue a prisión durante nueve años por 23 cargos de abuso sexual en contra de seis niños. Bennell ya había estado preso cumpliendo sentencia en Estados Unidos por violar a un chico de 13 años en un campamento de fútbol, y lo condenaron de nuevo apenas en 2015.

Desde entonces, Bennell había vivido con un nombre falso, pero lo volvieron a arrestar después de que el 16 de noviembre Woodward hiciera pública su historia en The Guardian. La Fiscalía de la Corona anunció el mes pasado que Bennell ahora enfrenta ocho cargos por abuso sexual infantil.

En el pasado, cuando los jugadores intentaban llamar la atención de las autoridades del fútbol sobre el abuso que habían sufrido, recibían poco apoyo.

Richard Scorer, un abogado que ha trabajado en casos de abuso sexual durante 20 años, asegura que una de las razones por las cuales el escándalo en el fútbol se convertirá en una bola de nieve es el instinto de cerrar filas y proteger a los clubes. Su firma, Slater and Gordon, representó a víctimas de abuso en hogares a mediados de la década de 1990, en la Iglesia católica a finales de la misma década y, más recientemente, a Johnson. “El fútbol profesional reúne todos los factores de riesgo”, indicó.

Como los curas, los entrenadores tienen acceso fácil a los niños y a la confianza de los padres. Pero también tienen la oportunidad de tener contacto íntimo con los niños en las duchas, los vestidores y los viajes.

Sobre todo, los entrenadores tienen “casi poder absoluto” en la relación con sus jugadores.

“Son los guardianes de los sueños”, señaló.

Fuente: The New York Times - América Latina

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