Salud

Alerta sanitaria: Nuevas enfermedades venéreas

También aumentaron los casos de sífilis; 17 personas adquieren VIH a diario mientras crecieron las infecciones de herpes, gonorrea y hepatitis B.

Hace unas semanas, el ex Ministerio de Salud publicó un alerta epidemiológico por la detección de 33 casos de infecciones por linfogranuloma venéreo (LGV), una cepa de la bacteria Chlamydia trachomatis, que se transmite por contacto sexual, y que, hasta el momento, no había sido tipificada en Argentina.

A partir del trabajo en equipo entre las médicas Laura Svidler López (del Hospital Fernández) y Luciana La Rosa (Centro Privado de Cirugía y Coloproctología), y la Doctora Carolina Entrocassi, del laboratorio de Clamidias de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, dirigido por el Doctor Marcelo Rodríguez Fermepin, se confirmó la sospecha de que algunos pacientes varones estaban infectados por esta bacteria particular. Hoy ya se registran medio centenar de casos.

“El linfogranuloma venéreo (biovar LGV) –explica Rodríguez Fermepin- históricamente producía una reacción mucho más agresiva y florida a nivel de sintomatología clínica mediante la inflamación de los ganglios inguinales, que comenzaba a manifestarse con pequeñas lesiones, como abrasiones de la piel, y hasta podía llegar a necrosis”.

Esta cepa se diferenciaba de otras clamidias por su capacidad de ingresar a los ganglios. Si bien era una variedad conocida, el nuevo brote detectado produce manifestaciones menores y menos claras, como lesiones anales, rectitis y proctocolitis que, a priori, podrían deberse a patologías no transmisibles sexualmente.

“Sucede que, a veces, el LGV se manifiesta nada más como la necesidad continua de defecar, algo que se parece más a un síntoma de otro tipo, solo que, cuando el especialista ve la zona, puede encontrar lesiones, úlceras, sangrados o excreciones de moco o pus que pueden pasar desapercibidas, o que haya infecciones por LGV sin manifestaciones externas”, añade el investigador.

Resulta clave que los médicos conozcan la circulación de esta cepa para evitar diagnósticos errados y comenzar el tratamiento cuanto antes - no solo el paciente sino sus parejas sexuales recientes que también podrían estar infectadas- con el agravante de que la trasmisión de esta infección suele estar asociada a otras, como sífilis, gonorrea y VIH, por lo que es recomendable estudiar también la infección por estas ITS.

Es importante también que en la consulta médica se indague sobre las prácticas sexuales para orientar la sospecha y, en caso de no poder tipificar la cepa de Chlamydia trachomatis involucrada, realizar el tratamiento de tres semanas de antibiótico para cubrir la posibilidad de Linfogranuloma venéreo.

Actualmente, el Laboratorio de Clamidias de la UBA y el del Centro de Referencia del Instituto Malbrán se encargan de tipificar las muestras que envían distintos institutos públicos, gracias a que cuentan con técnicas de biología molecular para detectar, en concentraciones extremadamente pequeñas, la presencia del microorganismo.

“Lo importante es que, a partir del alerta, los médicos en general y los proctólogos en particular comiencen a tener en cuenta estas manifestaciones porque es una enfermedad en la que no se pensaba. Y si no hay sospecha, no hay diagnóstico, ni tratamiento. Pero si el médico ni siquiera se acuerda que esta infección existe, no va a tener la sospecha tampoco”, concluye Rodríguez Fermepin.

Relaciones inseguras

La progresiva disminución del uso del preservativo resulta preocupante por el aumento de las enfermedades de transmisión sexual: Según el ex Ministerio de Salud, de 2011 a 2017, los casos de sífilis se incrementaron un 300% en Argentina. Por otra parte, la Fundación Huesped indicó que unas 17 personas adquieren VIH a diario y que también aumentaron las infecciones de herpes, gonorrea y hepatitis B.

El sociólogo e investigador de CONICET en el Instituto Gino Germani, Sebastián Sustas, sugiere que este comportamiento se explica, en parte, por un cambio de los imaginarios sociales en relación a lo que implica el uso del preservativo, que varía según el contexto y las características de los vínculos sexo afectivos.

“El uso del preservativo apareció muy asociado a los jóvenes a partir de la epidemia del VIH, que tuvo su pico a fines de los años noventa y principio de los 2000. En ese entonces, los antirretrovirales no estaban tan avanzados como ahora y el uso del preservativo se presentaba como algo de vida o muerte”, explica el investigador.

Según Sustas, esos imaginarios invisibilizaban no solo la prevención de las demás infecciones de transmisión sexual, sino otras dimensiones que tienen que ver con el resguardo, con el cuidado de sí y del otro en términos afectivos.

Hoy en día son otras variables, más “laxas y subjetivas”, las que determinan la utilización o no de este método de barrera. Algunas de ellas se basan en la “confianza”: el no uso de profiláctico como símbolo de fidelidad en la pareja, o como voto de fiabilidad en algunas personas y no en otras.

Por otra parte, Sustas destaca que como las relaciones sexuales son también relaciones de poder, que se distribuye en forma desigual a favor del varón. Y en ese sentido, ciertas cuestiones, como no usar el preservativo “porque disminuye el placer”, se dirimen en el contexto del acto sexual, generando una situación de violencia.

En suma, el sociólogo subraya la necesidad de incorporar otras dimensiones, como el cuidado y la prevención de la salud sexual. “Ampliar los grados de las instancias de cuidado permitirá tener noción de otras cuestiones ya presentes como la violencia de género, cuestión que no se logra con una campaña basada en el miedo”, concluye.

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