ColumnistasSábado, 28 Enero, 2012 - 09:59

Un “Pucho” enorme de toque y calidad

Por Leo Romero

Nuestro fútbol se destacó siempre por ser una usina generadora de grandes medio campistas o volantes (centrales y laterales), varios de los cuales llegaron a brillar en muchos lugares del país e incluso en el exterior. El que más alto trepó, en el análisis global de los entendidos en la materia, fue Guillermo César Reynoso (“Pucho”, para el mundo del deporte), un número cinco que dio sus primeros pasos en el Club Atlético Independiente de la Liga Catamarqueña de Fútbol. Después se fue a la vecina provincia de Tucumán, donde inició, a partir de 1956, un fuerte idilio con la “torcida” de San Martín, cuyos colores defendió por un buen tiempo. Su destino estaba marcado. En cualquier momento uno de los grandes de la AFA se lo llevaría para que defienda sus prestigios, ya que había demostrado, con creces, toda su maestría, preñada de talento, exquisito toque y enorme calidad técnica.
De esta manera se incorporó a las filas de San Lorenzo de Almagro, pasando luego al Racing Club de Avellaneda, conjuntos en los cuales se destacó nítidamente, razón por la cual no extrañó que lo llamaran desde Colombia, país en el que también dejó su sello inconfundible de verdadero crack del balompié. Según afirman colegas tucumanos que siguieron su carrera en el “jardín de la república”, Reynoso era un cinco clásico, de esos con ojos en la nuca, para dar el pase justo y preciso, aquellos del juego de anticipo y toque, cuando la pelota corría más que el jugador. Un concepto futbolístico que comparte totalmente otro de los calificados volantes centrales que dio Catamarca, Carlos Cazuza, un hombre que paseó su esbelta y notable figura por la provincia de Córdoba, luciendo la casaca de Talleres, la misma que se calzara, entre otros, Daniel Alberto Willington, verdadero símbolo de la entidad de Barrio Jardín. Recordemos que los “tallarines” cordobeses vivieron, por aquel entonces, una etapa dorada, en la categoría superior “afista”, con el aporte de excelentes valores y de tres históricos entrenadores argentinos, Angel Labruna, Adolfo Pedernera y Rubén Bravo. Llegaron a clasificar y disputar la Copa Libertadores de América, luchando el título nacional con Independiente de Avellaneda.
Pero volvamos al protagonista de esta columna periodística de hoy. Reynoso, quien siempre destaca que el mejor elenco que integró fue el San Martín tucumano de Adet, Blasco, Hernández, Arias, Villafañe, Carol, Acosta, Carreño, Salinas y Coronel, fue campeón con San Lorenzo de Almagro en el año 1959, con un equipo inolvidable que contaba con ocho futbolistas provincianos en sus filas (entre ellos, los zagueros Cancino -salteño- y David Iñigo -tucumano-). Tras su incursión por Racing de Avellaneda, participó con el seleccionado nacional en varios torneos continentales. Pero Guillermo Stábile, primero, y Juan Carlos “Toto” Lorenzo, luego, le fallaron a la hora de los mundiales, con las valijas listas. En lo que respecta a su paso por Colombia, país en el que nacieron sus dos hijos y en el que además recibió la noticia del fallecimiento de su señora esposa, el catamarqueño dejó una grata impresión.
Guillermo César Reynoso, dejó de jugar a los 37 años de edad. Fue un exitoso entrenador en tierras “cafeteras” (llevó al América de Cali por primera vez a una Copa) y en Ecuador. También dirigió un año al Atlético Tucumán y, claro, nunca le dijo no a San Martín cuando lo necesitó, por el gran cariño que siente por su gente.
Para Reynoso -que durante largo tiempo se apoyó con la pierna derecha “a medias” por una lesión (“eso me enseñó a manejar la izquierda”)-, el descubrimiento científico llegó tarde: el fútbol ya lo había clonado.
Recuerda con una sonrisa grande, en un reportaje dado al colega de Tucumán, Luis Mario Sueldo, un partido donde él estaba como suplente en la selección nacional. “Fue un amistoso de visitante ante Brasil, en 1958. “Nos estaban pegando tal baile, que cuando el entrenador Guillermo Stábile miraba hacia el banco, todos girábamos la cabeza ‘para el otro lado’ rogando que no nos tocara entrar”, comenta. El “Pucho” señala que con el goleador Francisco “Nene” Sanfilippo se quedaban solos a pegarle a la pelota tras la práctica sanlorencista. “Nos colaboraba al arco un electricista. Al poco tiempo que me había ido del ‘azulgrana’ leo en un diario: ‘hoy cuidará la valla de San Lorenzo, Agustín Irusta’. Sí, era el electricista. Y fue un arquero que alcanzó un gran rendimiento, como ustedes conocen”.
Además de Reynoso y Cazuza, por estos lados debe mencionarse, por una estricta razón de justicia, a otros centro-medios o volantes centrales, como Manuel de Reyes Salcedo (“Yareta”), Julio “Poroto” Cuello, Juan Pedro “Chino” Castillo, Juan José “J. J.” González, Ramón Francisco “Chichilo” Naranjo y Miguel Angel “Mono” Rodas, quienes dejaron su sello inconfundible de cracks de alto vuelo.
 

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