Opinión

Monseñor Bernabé Piedrabuena Primer obispo de Catamarca Parte I

Por Lucrecia Molas Vera

No sería exagerado afirmar que Monseñor Bernabé Piedrabuena fue un obispo de lujo para la Catamarca de comienzos del siglo XX.  Tanto por su origen ilustre -padre y abuelo gobernadores de la provincia de Tucumán-  como por su cuidadosa formación, como discípulo de Monseñor Pablo Padilla y Bárcena y la influencia en su vocación de Fray Mamerto Esquiú.

Pastor, docente, conocedor de su rebaño, su principal preocupación, primero como obispo auxiliar y luego frente a la Diócesis, fue  la formación, espiritualidad y piedad de sus sacerdotes.

Hombre de mundo, tenía contactos con instituciones y personalidades del país y del extranjero, lo que le permitió aprovechar los cimientos dejados por el Vicario Facundo Segura en la recién creada diócesis (el seminario regenteado por los padres lourdistas, el hermoso edificio de la matriz), para darle a su obispado el brillo, manifestado en los festejos de las Bodas de Plata de la coronación pontificia de Nuestra Señora del Valle.

Monseñor Piedrabuena había nacido en  Tucumán el 10 de noviembre de 1863, llevaba el nombre de su padre y su abuelo con el peso de una tradición familiar.  Su formación inicial tenía el sello del colegio de los dominicos. Cuando en 1874 el obispo de Salta, Buenaventura Rizo Patrón, inaugura el Seminario, allí ingresa “Piedrita”, como cariñosamente le llaman sus condiscípulos. Allí demostró su inteligencia y disposición para el estudio, recuerdan ellos, cuando se empeñaba en comprender al “oscuro Nebrija”.

Uno de sus profesores lo toma bajo su dirección, Pablo Padilla y Bárcena, orientando sus estudios. Allí conoce a Fray Mamerto Esquiú, que había sido invitado a brindar los ejercicios espirituales. En 1884, siendo aún seminarista, es designado profesor en el mismo Seminario.

Sus dotes humanistas se manifiestan durante la peste de cólera en Salta, en 1887, cuando el Seminario es convertido en un lazareto al recibir a los enfermos. Piedrabuena los asiste junto a los médicos y enfermeros, ayudándoles a bien morir o a superar el mal, durante noches enteras.

Ya ordenado sacerdote, sus sermones son encomiados por su claridad, sencillez y perfección doctrinal. Por la temática escogida fueron compendiados en 1892 en un texto conocido como “El sacerdocio”.

En 1895, es designado Rector del seminario de Salta, y en 1896, Visitador Eclesiástico del Tucumán. Es allí cuando toma contacto con Catamarca y su campaña, al recorrer su geografía para asistir a los párrocos.

En 1893, su maestro, Pablo Padilla y Bárcena, es designado obispo de Tucumán, diócesis nueva, escindida de la de Salta, que comprendía además Santiago del Estero y Catamarca, y en 1902 lo nombra su Vicario General.

En ese carácter, concurre, en 1907 a presidir las fiestas en honor a la Virgen del Valle y es aquí donde recibe la noticia de su designación como Obispo de Cestro, auxiliar de Tucumán, y es homenajeado por el clero y la feligresía de esta ciudad, emocionado por su nueva responsabilidad que lo acerca cada vez más a la Madre de la que es ferviente devoto.

En este cargo, recorre, junto al P.  Hugo Ziegert, las parroquias del centro, este y oeste de la provincia. En cada lugar que llega, se multiplican los gestos de alegría, las recepciones multitudinarias, el cariño de la gente.

 

 

 

Por Lucrecia Molas Vera

 

Fuentes: Vergara, Miguel Angel: “Monseñor Bernabé Piedrabuena, primer obispo de Catamarca y 2° de Tucumán. Publicación Oficial del Obispado de Tucumán, 1945.

Inéditas: Carpeta de manuscritos de Mons. Piedrabuena y Carpeta Gobernación de los Andes en Archivo del Obispado de  Catamarca.

Texto publicado en Revista Stella.

Dejá tu comentario:

Union Radio

Parlantes
Union digital